Este artículo ha sido publicado previamente en Noticias de la Villa, el 20 de abril 2021.

Nos empeñamos en educar a nuestros niños según nuestros criterios – y es normal y comprensible, ya que es lo que hemos aprendido, es como nos han educado.

No obstante, para dejar que el tesoro – díganse, las capacidades, las ideas y creaciones – de nuestros niños pueda salir a la luz, sería necesario que nos pongamos en una postura socratesiana: no sé nada, y sé que no sé nada. Necesitaríamos rendirnos humildemente al hecho de que no sabemos qué hacer realmente. Necesitaríamos tener la actitud del observador, antes de creer que sabemos cómo enseñar, educar o instruir al niño.

Si bien es cierto que los niños necesitan guía, instrucción y educación, también es cierto que necesitan espacio para crear sin los límites que les ponemos los padres y educadores. Es difícil, muy difícil, para nosotros, adultos que hemos «sufrido» una educación y formación muy instructiva en la que no tuvimos permiso ni espacio para romper las fronteras intelectuales, emocionales y sociales, con el fin de dejar salir nuestro propio tesoro interior. No obstante, nos asombramos por las obras de arte de nuestros poetas, pintores, músicos – artistas e intelectuales de toda índole – quienes, aunque considerados locos, dejaron fluir su capacidad creativa. Los celebramos como grandes testimonios de nuestra cultura, pero seguimos aferrándonos a un sistema educativo y social rígido y hostil frente a la «loca expresión» de la creatividad.

¡Y no puedo culpar a nadie! No sabemos hacerlo mejor, porque somos «víctimas» de esa rigidez que nos fue impuesta. Y así será, si no comenzamos a romper la cadena eterna en nuestras familias, en nuestra cultura, en nuestros círculos, dejando de seguir fielmente el ejemplo de nuestros padres, abuelos, ancestros. Esa cadena de creencias y actitudes es oculta y poderosa. Solo se hace visible cuando alguien en nuestro círculo familiar de repente se sale de la norma. Es cuando se vuelve «loco», cuando entra en crisis o se escapa de la corriente, de la rutina, rompiendo con todo lo que ha hecho anteriormente.

No tengo la receta, no tengo ni idea cómo sería, pero no dejo de tener esa visión sobre un cambio radical en nuestra actitud como educadores, o sea, padres, tutores y docentes. Partir de cero, es mi «loca» visión. Sócrates. No sé nada, voy a mirar este niño, esta niña, y voy a ofrecerle herramientas para que cree, para que se conozca a sí mismo, para que aprenda. Y yo, como educadora y enseñante, voy a prepararme para aprender de ese punto de observación. Sabré, desde este punto, cómo y en qué puedo ayudarle. Si es que necesita de mi ayuda. Lo que sí o sí necesitará, es mi acompañamiento, mi atención, mi apoyo, mi amor.

Llegado a este punto, tal vez yo como adulta también consigo romper y dejar aflorar el tesoro que llevo dentro y que está aún esperando para desplegar sus alas.