«Sentirse raro» es una visión interna, posiblemente más frecuente de lo que creemos, pero nosotros nos empeñamos en que nadie entenderá cómo nos sentimos dentro de nuestra piel. Es más, creemos que tenemos que ocultarnos ante los demás.

Para protegernos ante las miradas críticas, montamos un muro enorme detrás del cual vivimos y nos relacionamos. ¡Y así nos va! Desde ahí es difícil que nos llegue el amor y la aceptación que tanto anhelamos. Pero arriesgarse y salir del escondite … ¿vale la pena? ¿Y si salimos heridos?

Cada ser esconde un tesoro único en su interior, destinado a salir a la luz. Es más, nos duele que no pueda salir a la luz, aunque no somos conscientes de ello. Nos montamos nuestra propia película protectora y creemos que nos va bien, hasta que caemos en tristeza, soledad o malestar, sin realmente entender qué es lo que ocurre.

La historia del «tío raro», o de la «tía rara», radica en su infancia donde este ser sentía que no encaja con el resto de la humanidad. Tal vez esta visión suena muy exagerada, pero se forjó a través de sus vivencias que ha ido acumulando. Padres, profesores y otras personas importantes en la vida de esta personita, han querido que aprenda y se comporta de la manera como lo hace «la mayoría».

La «mayoría» no reflexionamos sobre el porqué de nuestro comportamiento y nuestra escala de valores. Simplemente seguimos las instrucciones, copiamos las conductas, nos adaptamos, y olvidamos quiénes somos y a qué hemos venido aquí a esta vida terrenal. Pero los «raros» no son capaces de adaptarse con esta facilidad – hay algo que les impide jugar el juego de la sociedad, de la «mayoría».

No obstante, en realidad no existe el «tío raro». Estoy convencida de ello, si bien soy consciente de que probablemente estoy contradiciendo las estadísticas de los tests de personalidad realizadas en numerosos estudios en la psicología científica. Pero bien, las estadísticas son eso, estadísticas. Números al fin y al cabo algo que no somos los seres humanos. Somos seres vivos, complejos y profundos. Todos y cada uno de nosotros tiene un mundo interior único. Me manifiesto contra la igualdad: no somos iguales. Somos diferentes, cada uno de nosotros.

La «igualdad» no tiene ese concepto, lo sé, hablamos de la igualdad de condiciones. No obstante, en el discurso científico-psicológico echo de menos una reflexión más crítica sobre lo que llamamos la «normalidad» en lo que respecta al comportamiento humano. De tanto querer encontrar parámetros y remedios que valgan para todos, nos olvidamos de la complejidad. Y así es que las personas que se salgan de la «mayoría» – declarada como la «norma» – no encuentran un lugar en el mundo, ni en la ciencia, ni en la sociedad, ni en las empresas o entes públicas donde trabajan.

Y no es culpa de nadie, es simplemente difícil «ser diferente» cuando «la mayoría» pone las reglas, y se hace más y más difícil, cuanto más creemos que podemos encontrar pautas duraderas y fijas en la organización interna de los trabajos, de las escuelas y centros de formación. Seguimos, y me temo que vamos en la dirección contraria a la que deberíamos ir, queriendo nivelar y normalizar.

En todo esto se nos olvida que los grandes pensadores y creadores, ya sean artistas o científicos, no han seguido las normas. Por ello fueron declarados locos, y algunos, dicen, se volvieron locos. Ahora bien: ¿qué estaba antes, el huevo o la gallina? ¿No es comprensible que se vuelva loco el creador en un ambiente en el que le obligan a seguir instrucciones rutinarias?

Las personas que no se comportan como la «mayoría», necesitarían poder ser y expresarse tal y como son. Necesitarían ser escuchados. Pero claro, para hacerse escuchar necesitarían romper el muro detrás del cual se esconden para no sentirse rechazados. Si rompiesen ese muro encontrarían, además, muchísimas otras personas que, igual que ellos, se escondían y se esconden detrás de sus escudos para no ser heridos, burlados, criticados.

Es un asunto complejo que necesita de ambas partes – la sociedad y el individuo. Los «niños heridos», los «raros» – hemos de romper nuestras corazas poco a poco, y aprender a confiar en el mundo que, desde nuestra visión infantil, para muchos era hostil y difícil.

Está claro que el verdadero éxito en la vida pasa por salir de la concha protectora y permitirnos ser auténticos, ya que es así puede aflorar el tesoro que llevamos dentro. Y para ello, hemos de aventurarnos a recorrer un camino de apertura que nos dolerá, pero también nos ayudará a salir de la soledad.