¡Otro día sin hacer nada útil! ¡Podrías haber hecho mejor! Lo haré mejor la próxima vez, me lo prometo (…)

Este tipo de pensamientos nos rondan a menudo en la cabeza. Al menos en la mía. – ¿Os suena? Es como si tuviéramos que aprobar un examen constantemente. Ni siquiera es al final de nuestra estancia en esta tierra, no, a veces es incluso diariamente. Tumbados en la cama, justo antes de quedarnos dormidos, y aquí vienen: ¿qué has hecho hoy? – Ya están aquí los jueces.

Tiene gracia, después de todo ese camino de crecimiento personal, ahí sigue, incluso con más ímpetu, esa auto-fabricada situación de examen. ¿Quién hace eso? ¿Qué fantasma es?

Puede ser que, quién sabe, nos han educado así. Nos han inculcado la importancia del rendimiento, de buenas notas – de ahí la idea del examen de vida, ¿no? Pero no se trata ahora de culpar a los profesores o a los padres. En mi caso, mis padres son profesores, así que podríamos decir que se duplica la influencia – ¿será esa la explicación de todo esto? Pero no, no se trata de buscar culpables, y buscar explicaciones tampoco ayuda, en realidad. Puede ser que haya habido algunas vivencias claves que han forjado el carácter exigente. Pero en realidad, estas ideas del “juicio final” aparecen en la mediana edad. De adolescente, yo no había presenciado realmente este tipo de diálogos internos, así no.

Habiendo hecho un poco de “investigación del alma”, es decir, meditación, respiración y observación de esas voces internas que me rondan, he descubierto que hasta ahora no me he visto ante el “examen de vida” porque más bien siempre había cumplido con todo lo que me habían enseñado: había estudiado y trabajado mucho en mi vida, y había hecho todo lo que podía para hacer feliz a la gente en mi alrededor: ayudar cada vez que podía, cocinar con amor para mis queridos, quitarle trabajo a mis hijos a la vez que los educaba bien, delegando tareas del hogar para prepararlos para la vida, …. – la lista es larga. Podemos resumirla en “he hecho lo mejor que podía”. Sí, lo mejor. Todo lo que está en mis manos para ser una persona amable, buena y trabajadora.

Pero en este camino moralmente exitoso falta un aspecto importante. Y ese aspecto me ha mostrado – ahora que estoy en otro tramo de mi vida – que la vida no es un examen. No se trata de “hacerlo bien”. Se trata simplemente de vivir la vida. Hacer lo que nos hace felices y sentirnos plenos. Disfrutar a veces. Otras menos, porque no todo es disfrutar. La vida también duele, es dura, difícil y cuesta-arriba. Pero cada momento que realmente sentimos, es el verdadero sentido de la vida.

Así que, tras tantos años de investigación, búsqueda y meditación, llego a esta conclusión: La vida no es un examen. Quiere ser vivida. Pero eso tampoco será sometido a examen. A veces feliz, a veces mosqueada, a veces triste – ninguno de esos momentos merece evaluación alguna. Simplemente es como es. Y así está bien. Ya que mañana, o un poco más tarde, todo puede ser diferente.