«Cuidado con lo que deseas …», he escrito en mi artículo «El espejo». Era una reflexión sobre lo difícil que es a veces desear correctamente. Sin embargo, soy consciente de que en muchos casos tenemos de dar un paso más atrás aún. El asunto comienza mucho antes de pedir un deseo.

–Perdona, la cama no está hecha. Es que hoy no me ha dado tiempo… –me dice una amiga.

–Qué alivio, me encanta encontrarme con personas que tengan la libertad de no hacer la cama cuando no les apetece –le contesto–. Hay gente incapaz de hacerlo.

–La verdad, soy de esas, normalmente tengo todo recogido, la cama hecha y todo. Soy muy perfeccionista.

Con su afirmación, mi amiga elige inconscientemente ser su propio déspota esclavizador. Decir «soy así, no puedo remediarlo», le impide tener una actitud más libre, relajada y, en definitiva, ser feliz.

Volvamos a la física cuántica de la que hablé en mi artículo anterior: con nuestros pensamientos creamos nuestra situación actual. O sea, lo que vives ahora mismo, es, según Berend Smit, producto de tus pensamientos del pasado. En consecuencia, suponiendo que eso sea así, deberíamos elegir cuidadosamente nuestras afirmaciones que hacemos a lo largo del día.

Desde que estoy leyendo el libro de Berend, estoy más atenta cuando escucho a las personas, y elijo muy muy cuidadosamente mis propias palabras. Siempre he tenido un carácter muy sensible, con cierta facilidad para caer en la tristeza. «Me pone triste el mundo», podía haber pensado, «me duele el mundo». En mi sensibilidad también está mi potencial: mi capacidad de sentir a las personas, con sus luchas, sus miedos y tristezas. «Sé sostener tu dolor porque lo he vivido todo».

Todo forma parte de nuestra vida: está el dolor, la maldad, la violencia, la guerra, la tristeza, el abandono, las pérdidas, las crisis, las enfermedades, y otras dolencias. Lo conozco todo, lo miro sin vendarme los ojos, y lo sostengo.

No obstante, también está la belleza. La alegría. La felicidad. Y este es mi manifiesto hoy por hoy: elijo dirigir mi mirada hacia la parte luminosa de la existencia. Aun siendo capaz de ver la otra cara más oscura.

Esta mañana salí a pasear. Aún medio dormida, me rondaban una mezcla de pensamientos ‘no tan positivos’. «¿Qué pasará con esto? ¿Por qué esta persona ha dicho eso? Me da pena lo otro…» Así que me dije: cuidado, ¡cambio!

Conscientemente, levanté la mirada. Hacia el cielo azul, hacia las ramas de los árboles que se dibujaban en el cielo. Me quedé escuchando. ¡Qué maravilloso canto de los pájaros! Hubo uno que cantaba de una manera especialmente bonita. Me paré a buscarlo, a ver dónde se había escondido. En mi rostro se dibujaba una sonrisa. Qué bonito, el sonido y el contraste del verde del árbol con el cielo azul.

–Aquí está –me dijo un hombre que venía también paseando. Se había fijado en mí cuando estaba ahí mirando hacia arriba, debajo del árbol.

La belleza de la naturaleza nos habla, nos recuerda que, en realidad, ya lo tenemos todo, solo tenemos que quererlo, creerlo, vivirlo.

Pero no, no lo hacemos.

–No puedo evitarlo. No puedo ver un plato sucio en la cocina, o los cojines desordenados en el sofá del salón –me dice mi amiga.

Limpiamos sobre limpio, somos meticulosos con cosas insignificantes, y nos perdemos la verdadera esencia de nuestra vida.

Los conflictos y las crisis son nuestros aliados para quedarnos en la miseria en la que nos vemos. Currando como esclavos, sin disfrutar del lado soleado de la vida, encontramos fácilmente un pretexto para no cambiar, para no crear nuestra vida feliz. Parece que hemos de seguir fielmente nuestras obsesiones internas, nuestras creencias negativas. Y así es como aquello negativo que afirmamos, se confirma.

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