Un padre maravilloso, que se esfuerza por enseñar el mundo a su hijo. Aprender a caminar con rectitud y confianza por la vida. Papá ayuda, orienta e incluso se sienta con el hijo para echar una mano con las tareas escolares.

Un hijo excepcional. Cuando era pequeño, su padre era todo para él. Papá fue su héroe, hasta que tenía 12 años. Ahora, de repente, se siente diferente. Está empezando a ver el mundo con otros ojos. Con sus propios ojos. Desde ahí, hay unas cuantas cosas que descubrir. A su manera. «En realidad», piensa para sí mismo, «ya no necesito a papá. Puedo hacer las cosas por mi cuenta.»

– Papá, déjame a mí. Puedo hacerlo.
– Sí, de acuerdo, pero…, dice Papá.

Es posible que papá tenga razón y no lo esté haciendo bien. Pero eso ya no le vale. «Tengo que entenderlo, tengo que hacerlo yo mismo. Quiero encontrar mi propio camino.»

Papa está herido. ¿Qué es esto ahora? ¿Por qué no me escucha? Sólo quiero ayudarlo … ¡Qué cabezota! Papá vuelve a utilizar su insistente tono de coach.

– Venga, vamos, no te rindas, puedes hacerlo, se hace así … ¡Nooo! ¡Así no! Fíjate bien. Pero, pero … ¿a ti qué te pasa?

El folio blanco comienza a emborronarse. La mesa y los muebles del salón, ya nada lo puede apreciar con nitidez. Ahora mismo, el niño excelente quisiera desmayarse y desaparecer. Despertar en un mundo donde pudiera resolver sus problemas, con tranquilidad.

«¡Sólo necesito tiempo para pensar! Y silencio … ¿O tal vez soy tonto y no puedo hacerlo? Ya no quiero hacerlo. Lo mejor que puedo hacer es tumbarme en la cama y mirar el techo. O comer unos cereales de chocolate. Realmente no importa si puedo hacerlo o no. Ya no tengo ganas.»

Poco a poco, las fuerzas para seguir adelante se agotan. Le supera la presión de su querido padre, y al mismo tiempo su propia presión para hacerlo él mismo, hacerlo bien, pero no como dice papá, sino descubriéndolo él por su cuenta. «Quiero poder equivocarme. ¡Debe haber otra manera para solucionar el problema! ¿Hacer lo que dice papá? ¡Ni hablar! Eso ya no vale. ¡Ojalá papá lo entendiera!»

La presión es tan grande que la voluntad falla. «¿Por qué luchar? Al final, es sólo una guerra entre papá y yo, y tampoco quiero eso.» Sin apenas notarlo, el corazón del hijo adolescente se está volviendo más y más gris. De alguna manera, ya no hay alegría en las cosas. No tiene ni idea qué le está pasando, en realidad.

El padre ya no reconoce a su hijo. El niño que antes era alegre y entusiasta, casi siempre está de mal humor, no habla, se encierra en la habitación y pierde el tiempo. La preocupación le invade. «¿Qué puedo hacer por mi hijo?»

– En realidad, es sólo esto: sólo quiero ser «yo», con mi estilo, con mi manera, quiero hacer mi propio camino. Papá, esto no son pataletas. Ya no soy un niño pequeño. Yo también tengo ya mis propias ideas.

¿Será papá capaz de escuchar a su hijo sin imponerle su propia visión del mundo? No es nada fácil, porque para ello puede que tenga que admitir que tampoco lo sabe todo, y que quizás, ¡quizás!, no siempre tenga razón. Tal vez incluso se equivoque a veces. Lo más grande y hermoso es que puede aprender de su hijo. Con esa nueva actitud se convertirá el hijo en maestro y el padre en aprendiz.

No obstante, siempre será él el padre. El que ayuda, orienta y apoya. Y también el que escucha con interés para conocer el mundo emocional e intelectual de su hijo, ya sea una locura, ya sea ingenioso o imposible. Quién sabe, tal vez hasta lo imposible es posible.